Delcy Rodríguez promete crecimiento en Venezuela, pero tres salarios mínimos caben en un dólar

hace 1 hora - MUNDO


Es viernes de quincena y un popular centro comercial ubicado en Chacao, en el este de Caracas, está repleto. Pero la escena está lejos de plantear un momento de máximo consumo. Aunque los pasillos lucen llenos y las vitrinas están iluminadas y surtidas, muchos entran y salen con las manos vacías. La gente camina, mira, compara precios, se detiene, pero compra poco. La excepción es el local de una reconocida marca internacional de ropa interior, alrededor del cual se formó una fila de unas 30 personas, luego de que se anunciaran descuentos especiales en algunos productos.

Se trata de una escena reciente, pero que refleja una realidad que también se vivía antes del 3 de enero, cuando Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados por Estados Unidos en una acción militar en la capital.

La mayor concentración de personas se da en la feria de comida. Con mucha frecuencia, los clientes pagan con una aplicación que otorga pequeños créditos para compras realizadas en locales afiliados y que se pagan en cuotas. Su uso se ha vuelto muy popular, sobre todo en la compra de indumentaria y electrodomésticos, aunque también se utiliza para pagar desde una hamburguesa hasta la compra en el supermercado. Esto, en un país en el que solo unos pocos tienen acceso a tarjetas de crédito, debido a factores como la hiperinflación y el “encaje legal”, el porcentaje de dinero que los bancos deben mantener en reserva y que limita el crédito que pueden ofrecer.

Aunque hoy hay muchas expectativas de cambios políticos que mejoren la economía y la calidad de vida en el país, los venezolanos consultados por CNN consideran que su cotidianidad no ha cambiado pese a los anuncios de inversión y las proyecciones de crecimiento económico. Prueba de ello es que actualmente tres meses de salario mínimo no equivalen siquiera a un dólar. El dinero entra y se gasta a un ritmo brutal en un entorno de alta inflación, marcado especialmente por alzas en el precio de los combustibles y los alimentos.

Han pasado ya más de 100 días desde que Delcy Rodríguez prestó juramento como presidenta encargada de Venezuela. En ese período, y en medio de una nueva era en las relaciones bilaterales con Estados Unidos, país que ha dicho que acompañará a Venezuela en una fase de estabilización económica y de transición, se han anunciado cambios concretos.

Ejemplo de ello es la flexibilización de las sanciones del Departamento del Tesoro de EE.UU. que pesaban sobre el Banco Central de Venezuela, el Banco de Venezuela, el Banco del Tesoro y otras entidades bancarias, lo que ahora abre las puertas a una mayor conexión con el mercado global y al incremento de los ingresos en divisas.

A esto se suma el reinicio de las conversaciones entre el Gobierno interino, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

En una alocución este 19 de abril, Rodríguez se refirió a esas expectativas de mejoría económica que gravitan en el país tras el 3 de enero. “Reconozco las grandes expectativas de nuestra población y nuestros equipos trabajan para lograr mejoras en plazos razonables”, aseguró.

Hizo referencia en su discurso a una serie de variables económicas. Entre otras, mencionó que “el producto interno bruto crece en casi 9 % con 20 trimestres consecutivos de expansión” y que espera que ese crecimiento se traduzca en más empleo, mejores ingresos y más oportunidades reales para los ciudadanos. Y agregó que “en los próximos meses ese crecimiento debe sentirse con mayor fuerza en quienes más lo necesitan”.

Tras la reforma de la ley de hidrocarburos y la de minas, Rodríguez puntualizó que Venezuela entra en una nueva etapa con el objetivo de atraer inversiones mediante reglas claras y que distintas empresas han manifestado su interés por invertir en el país. Además, dijo que la producción petrolera se sitúa en 1.100.000 barriles diarios.

En las calles, la realidad económica de Venezuela sigue marcada por los contrastes. A diferencia del citado centro comercial en Chacao, otros en la ciudad lucen solitarios y en sus pasillos abundan las tiendas cerradas. Hay un boom de restaurantes, pero algunos abren y cierran en pocos meses. La gente se apresura a gastar los bolívares que gana en insumos básicos antes de que ese dinero pierda valor en medio de una ola inflacionaria.

La tensión económica es rutinaria y los presupuestos están llenos de limitaciones, entre ellas, productos que, por su precio, dejan de estar en la mesa de los venezolanos. Las proteínas, por ejemplo. Un kilo de carne cuesta entre US$ 7 y US$ 10.

En muchos locales, la realidad pesa a la espera de tiempos mejores. Un comerciante, que prefirió mantener su nombre en reserva por razones de seguridad, contó a CNN que está liquidando su bodegón o tienda de productos importados. “Ya no es negocio”, dice. Así que cambiará de rubro para apostar por artículos para el hogar, buscando adaptarse a un consumidor más cauteloso con sus gastos.

Mientras los bodegones que caracterizaron la economía de 2019 y 2020 en Venezuela, reflejo de una economía de importaciones, dejan de ser parte del paisaje económico, aparece pujante el mercado de los concesionarios de vehículos, que se multiplican en medio de la promesa de prosperidad económica en un país en el que el parque automotor ha ido quedando desactualizado en medio de la crisis económica: costear un vehículo no es fácil, y muchas plantas ensambladoras han cerrado en los últimos años. La oferta automotriz viene acompañada de créditos en dólares otorgados por empresas privadas, concesionarios y algunos bancos. Aunque esta es una posibilidad solo para una minoría.

Para la mayoría, la lucha es por lo básico. Los trabajadores y, en especial, los jubilados, piden mejores ingresos. Entre ellos, Ángel García, quien ya es conocido por protestar con un hueso grande en la mano. Ante la pregunta de CNN sobre qué quiere simbolizar, argumenta que el salario mínimo mensual es de 130 bolívares, unos US$ 0,27, y que incluso comprar ese hueso supone un esfuerzo. Afirma que representa la tristeza que sienten, en especial los adultos mayores, en una Venezuela tan rica en petróleo, pero a la vez tan pobre. Lamenta que muchas veces deba decidir entre comer o tomar un autobús, porque el dinero no le alcanza para ambas cosas.

Mientras García cuenta que es técnico superior en construcción y exfuncionario público con 38 años de servicio, no oculta la frustración que lo llevó nuevamente a las calles de Caracas a protestar y describe una realidad marcada por la precariedad. Habla del llamado “rebusque de 20”, una expresión que, en su opinión, resume la cotidianidad de muchos venezolanos: salir a la calle a vender cualquier producto, desde mangos hasta artículos improvisados, para reunir al menos US$ 20 y subsistir.

En un discurso el 8 de abril, Rodríguez aseguró que, para el primero de mayo, Día del Trabajador, anunciaría un aumento salarial “responsable” y que, conforme la situación económica del país se estabilizara, podrían decidirse nuevos ajustes en los ingresos de los trabajadores.

Un hombre de 71 años, que prefirió no dar su nombre por razones de seguridad, dice a CNN que se considera una representación viva del sufrimiento que atraviesa el país. Denota hartazgo, pero también determinación ante una rutina marcada por carencias como la falta de medicamentos, de alimentos y de seguridad.

“Estoy padeciendo todas y cada una de las calamidades que vivimos los venezolanos”, asegura. Vive con su esposa y ambos devengan un ingreso mínimo mensual, y cuenta que, si compran medicinas, “se mueren de hambre” y que, si compran alimentos, no pueden pagar el tratamiento médico. En su caso, destaca que incluso una gripe puede convertirse en un riesgo mayor debido a la imposibilidad de acceder a los medicamentos.

La imposibilidad de acceder a lo básico es su mayor preocupación. Los precios de los alimentos superan con creces los ingresos. “Los anaqueles pueden estar llenos, pero el dinero no alcanza”, resume.

“Estoy hastiado de tantas calamidades”, lamenta, y cuestiona que, mientras muchos en su situación enfrentan una realidad dura, otros “pueden gastar lo que equivale al sueldo de 100 obreros”, lo que marca una brecha que, a su juicio, refleja la desigualdad estructural que vive el país.

Para subsistir, sigue trabajando de manera informal cuando surgen tareas como limpiar terrenos, recoger basura o realizar trabajos ocasionales, aunque reconoce que las opciones se le hacen más limitadas por su edad. Su preocupación más profunda no es solo por su presente, sino también por el futuro de su familia. Tiene cuatro hijos y ocho nietos, todos en Venezuela. “No quiero dejarles esto”, dice.

Por su parte, el economista José Guerra explicó a CNN que “en 100 días no se pueden ver mejoras económicas en ninguna parte”. Sin embargo, asegura que no tiene la menor duda de que la economía venezolana mejorará.

Los primeros pasos, en opinión de Guerra, exdiputado opositor, deben orientarse a la estabilización del tipo de cambio y al freno de la inflación, para que la gente pueda comenzar a sentir alivio económico. La tasa anual de inflación al mes de marzo, según cifras del Banco Central de Venezuela, se ubicó en 650% .

Para Guerra, el prometido aumento del salario mínimo, sumado a la desaceleración de la caída del bolívar frente al dólar, que en abril se ubicó en 1,5% en contraste con marzo, que fue de 13%, podría permitir que los ciudadanos sientan un primer alivio. Pero para cambios estructurales y más profundos, aclara que los efectos podrían sentirse más hacia el cierre del segundo semestre de 2026.

“El crecimiento económico tarda más; es hacer inversiones, contratar, y eso tarda más”, dice. Además, asegura que la oferta de dólares del Banco Central a la banca privada ha aumentado en estos 100 días, lo que ha incrementado el flujo de la divisa. Una medida que, asegura, tendrá un impacto positivo especialmente con la estabilización del tipo de cambio y la disminución de la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, una de las distorsiones que más afectan la economía de hoy en Venezuela.

Con el segundo trimestre en curso, muchos venezolanos se muestran impacientes porque ocurran los cambios tras dos décadas complejas de crisis, no solo económica, sino también política y social. Para muchos, la prosperidad económica debe ir acompañada de un cambio político que garantice la estabilidad a largo plazo. Ninguna de esas dos cosas parece visible en el horizonte cercano.

For more CNN news and newsletters create an account at CNN.com

Fuente: cnn.com